Cuando Rosario buscó a Juan

•10 julio, 2011 • Dejar un comentario

Rosario se quedó estática durante más de quince minutos frente a la valla cuando leyó Coordinación Nacional de Ciencias Forenses. No podía creer que esa fría mañana caraqueña se encontraba en la morgue.

Había leído más de un cuento en la prensa de gente que pisaba el lugar con el alma pendiendo de un hilo esperando a algún familiar, pero ese día la protagonista de esa misma escena era ella.

La noche anterior había recibido una llamada de un número desconocido. Una voz familiar le dijo entre sollozos que el Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas había encontrado el cuerpo sin vida de su concubino, con quien estuvo por más de 16 años, y debía empezar a tramitar la burocracia de la muerte para que se lo pudieran entregar y así darle sepultura.

Juan, como se llamaba el hombre, fue localizado sin signos vitales ni pertenencias, con un pantalón y una camisa rota en la entrada al sector 19 de Abril de Petare,

En el tiempo que transcurrió detalló cada letra del cartel una y otra vez. Notó que por el sol los colores se habían opacado y en el mapa de Venezuela que aparecía en la imagen no habían incluido la Zona en Reclamación de Guyana, lo cual le pareció curioso.

No salió de su letargo sino hasta que escuchó el ensordecedor grito de una anciana que se cayó o lanzó en el suelo a llorar por un hijo, al cual no llamó por su nombre.

En ese momento fue cuando se dio cuenta de que, como ella, habían al menos otras 10 o 15 personas sentadas afuera. Las caras largas, los ojos llorosos y uno que otro grito sentido y desesperado era película que ese miércoles extraordinario le tocó vivir.

Todos ellos están en la morgue de Bello Monte por el mismo fin de retirar los cadáveres de sus seres queridos pero casi todos van por razones distintas. Al lugar llegan desde los cuerpos encontrados sin vida por ajustes de cuentas de delincuentes hasta pordioseros sin familia, encontrados en la calle.

Las cifras que se manejan son todas extraoficiales debido a que ningún funcionario se atreve a declarar ni a medios ni a allegados de los muertos. De esa manera, Rosario se enteró de que la señora que vio llorando en el piso pudo retirar el cuerpo de su hijo después de acudir dos días seguidos al lugar.

Más allá de los trámites burocráticos la tardanza se debió a que el occiso ingresó a la morgue en un fin de semana en el cual aunado a él, otros 64 cadáveres lo hicieron y en la guardia de forenses sólo había cuatro doctores que no se daban abasto.

Caminando hacia la puerta de entrada el aire se le hacía cada vez más denso y tuvo que detenerse porque los recuerdos de vida con Juan le aceleraron la respiración y el olor a cloro que empezaba a hacerse más fuerte le impedía inhalar y exhalar.

El tiempo y las lágrimas parecían pasar en cámara lenta, pero Rosario, su dolor y sus 16 años junto a Juan se transcurrieron tan rápidos que una vez cruzada la puerta ya no estaban.

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El día que entendí el Metro

•30 junio, 2011 • Dejar un comentario

El día se me hacía corto. Eran demasiadas cosas por hacer y parecía que el tiempo me odiaba. Entré en Chacaíto observando como nunca antes las obras cinéticas de Jesús Soto.

Antes de pasar los torniquetes para tomar el tren en dirección a Palo Verde curioseé una placa conmemorativa donde se leía que  en 1983 se inauguró la primera etapa del Metro de Caracas que iba desde La Hoyada hasta esta estación.

La obra estaba concebida para transportar a unos 400 mil usuarios al día y parecía ser la solución a los problemas de tránsito y movilidad de una ciudad en crecimiento que imperaba un sistema de transporte masivo moderno.

Más de 28 años después aquellas siete estaciones se transformaron en más de 49 y la única línea ahora en cuatro que atraviesan la ciudad de este a oeste, norte a sur y conectan con otros sistemas del interior del país. Pero ese crecimiento parecieran no ser suficiente para los casi dos millones de usuarios que en la actualidad se trasladan cada día a sus colegios, lugares de trabajo y sitios de ocio.

Al descender al andén a esperar el tren confirmé cómo esos números planificados de 1983 ya no cuadraban con la realidad mientras caminaba con cautela porque casi no se podía circular debido al gran volumen de personas que esperaban también.

En la cola me encontré con todo tipo de individuos, desde ejecutivos en sus trajes de marca, estudiantes uniformados y hasta un indigentes  con las manos extendidas esperando que alguien les diera al menos una moneda.

Pasaron cuatro trenes y en ninguno pude entrar porque iban a máxima capacidad. Sin embargo, en el último de ellos una señora que estaba delante de mí forcejaba para ingresar, las alarmas de cierre de puerta sonaban pero ella hizo caso omiso y continuó intentando irse con el tren.

Finalmente se rindió, dejó de intentar, el tren se fue y cuando se dio cuenta, había perdido uno de sus zapatos de tacón alto. Cuando la vi mientras desfilaba cojeando ante los ojos de todos en dirección a la salida de la estación dejé de quejarme en mi cabeza pensando en lo tarde que se me estaba haciendo.

Inmediatamente llegó otro tren y en este sí pude entrar. Dentro del vagón había señoras abanicándose porque el aire acondicionado no funcionaba como debería o había demasiada gente emanando calor humano.

Me miré en el reflejo de la ventana por un momento y noté que la muchacha a mi lado hacía muecas de desagrado. Luego noté que alguien tenía a todo volumen música estruendosa y ella intentaba concentrarse en una guía de productos farmacéuticos y sus componentes químicos, o algo así pude leer.

Estaba frente a una mujer embarazada que tenía la vista perdida en el techo mientras un niño, como de cinco años, con franelita roja y mono azul le dijo a la panza que se quedara tranquila porque ya iban a llegar. Al escucharlo, dos hombres que venían viéndose con complicidad desde que entré en el tren dejaron salir sus risas por la ternura que les causó.

Del otro lado del vagón podía oír a un fanático religioso leyendo la Biblia en voz alta y vi, a mi otro lado, a un joven de rasgos judíos y kipa en la cabeza escuchando con atención, sin hacer gestos.

Llegé a mi estación a buena hora. Caminé ágilmente intentado no tropezar a nadie y en las escaleras mecánicas me tuve que hacer a un lado porque una pareja agarrada de la mano pasó corriendo. En ese momento sonreí. Desde que me había mudado a Caracas no lo había entendido: dentro de esos vagones, al igual que yo voy pendiente de mis cosas, cada quien va al ritmo de su historia.

(Fotografía Enrique Bejarano)

El hombre detrás de las tablas

•3 junio, 2011 • Dejar un comentario

Son pocas las personas nacidas en el oriente del país que nunca han escuchado sobre Kiddio España. La mayoría sabe que es uno de los más grandes promotores del teatro y el arte en el estado Anzoátegui y la nación, algunos que creó el grupo Teatro Estable de Barcelona y fundó lo que hoy día es el Festival Internacional de Teatro de Oriente.

 Pocos tienen conocimiento de que estudió en el Academia Nacional de Teatro de Italia y tiene más de 35 años casado con Giuditta Gasparini, célebre actriz y directora en la zona.

Y casi nadie, o nadie, que Amor en tiempos de Cólera de Gabriel García Márquez le recuerda su infancia porque cuando era pequeño y viajaba de su pueblo natal, Maripa, a Ciudad Bolívar lo hacía en barcos en travesías de tres días por los ríos Caura y Orinoco porque no había carreteras.

Rodeado de fotografías que cuentan su historia en imágenes, desde su oficina en el edificio sede de la Fundación para el Desarrollo de las Bellas Artes, la cual dirige, Kiddio accedió a contar su historia como persona, sin desvincularse de la pasión por el teatro que lo mueve.

Nació en Maripa, se mudó a Ciudad Bolívar, luego a Puerto La Cruz y posteriormente a Barcelona. ¿Cómo fue tener una infancia tan agitada?

Para mí fue una experiencia muy interesante. Descubrí la calle porque tenía que salir a trabajar y estar en contacto con los mayores en plan de comerciante. Mamá hacía empanadas y conservas y yo las vendía al mismo tiempo que estudiaba. Nos íbamos mudando a medida que nuestra situación económica mejoraba.

Hay gente que desde que nace sabe que está destinada para hacer tal o cual cosa en la vida, ¿Kiddio España siempre supo que iba a dedicar su vida al teatro?

No. Cuando comencé mi bachillerato en el liceo Anzoátegui mi corazón no sabía lo que era el teatro ni el arte porque en ese entonces cuando uno entraba en los estudios medios, lo hacía con miras a llegar a la universidad. Lo cierto es que allí conocí a una compañera que formaba parte de una agrupación teatral que era parte de la escuela Bellas Artes. Por cosas de la vida una vez la acompañé por curiosidad y me quedé a ver los ensayos.

Me llamó mucho la atención que eran muchachos muy serios y analíticos. Seguí asistiendo hasta que el compromiso fue mayor y tuve mi primer papel en una obra. Y así comenzó todo.

Tiempo después Kiddio partió a Caracas, como el provinciano que se va a la capital a ver qué hace, entró en el curso de formación de teatro de la UCV en 1965.

Volvió a Barcelona, gestionó una beca en el extranjero y, como él mismo dice, corrió con la suerte de obtenerla. Partió a Roma y estudió en la Academia Nacional de Teatro hasta volver en 1973 y fundar el grupo de Teatro Estable de Barcelona en 1976 y un año después el Festival de Teatro de Oriente.

¿Cómo fueron esos primer años de creado el festival?

En aquél tiempo se presentaban 4 y 5 espectadores. Yo les decía a mis alumnos que ésas iban a traer a cinco más mañana y así, en la medida en que fuéramos haciendo las cosas bien la gente lo comentaría y el público iría creciendo

En la actualidad, la diferencia entre cantidad de obras que se presentan en el festival se ha notado marcadamente con referencia a años anteriores. ¿A qué se debe el hecho?

Es posible que en años anteriores las circunstancias hayan sido otras, porque el costo de la vida permitía hacer cosas más ambiciosas. Es que posible que ahora se reciba más que antes pero la plata ya no rinde como en otras épocas.

El simple hecho de que el festival se mantenga ya es una proeza. Pero siempre guardamos la esperanza de que los años buenos vuelvan.

Entonces, ¿no tiene nada que ver con la respuesta de la gente?

¡Para nada! Cada año la respuesta de la gente es mejor. Hace siete años empezamos a meternos en las comunidades. El festival ha llegado a rincones apartados donde los niños son los que más disfrutan. Las amas de casa que nunca antes tuvieron la oportunidad de ver una obra de teatro en vivo tienen esa posibilidad. El impulso más grande para seguir es la respuesta de la gente, de lo contrario ya habríamos tirado la toalla

Son muchos años al lado de su esposa Giuditta. ¿Hay algún secreto para mantenerse?

Ella ha sido mi gran aliada. Mi leimotiv. Hay momentos difíciles cuando uno está solo pero cuando estás con una persona es más llevadero. Gracias a la comunicación y la compenetración es que hemos podido lograr todo lo que hemos logrado hasta ahora.

Después de tantos años dedicando su vida al teatro tras haberlo conocido por un evento fortuito, ¿qué es hoy el teatro para usted?

Al principio era una cosa de ego para mí. Pero cuando uno se va metiendo en el mundo del teatro se va dando cuenta de que todas las cosas que uno hace tienen que ir en beneficio de cambiar la mentalidad de la gente, aunque no siempre se logre.

El teatro no comienza ni termina con una puesta en escena, es un eterno aprendizaje. Este es un mundo mágico donde hay que soñar. Quien deja de soñar, claudica.

¿Cuáles son las mayores limitantes para hacer teatro en la actualidad?

Son muchas y muy variadas. El presupuesto es una de ellas, a veces alguien con una buena partida no hace nada interesante y a veces alguien con algo de ropa prestada hace un espectáculo.

Las circunstancias teatrales, donde los actores puedan ser profesionales y tener una seguridad social. La falta de espacios. Aquí no se ha tenido la visión para hacer un gran teatro.

¿Actuar o dirigir?

En principio prefería la actuación. La necesidad me llevó a dirigir mis propios montajes pero la carga era muy grande y empecé a dedicarme a la dirección. Cada personaje que se va moldeando te hace formar parte de él y de toda la producción.

¿Un autor?

Arthur Miller

¿Una obra favorita?

No puedo escoger una obra como favorita. A veces se hacen obras muy módicas que llegan de una manera muy sublime.

¿Faltan cosas por hacer?

 A veces me sorprende cuando la gente me dice que he logrado muchas cosas y me digo “Dios mío qué cosas he logrado” y me pongo a reflexionar. Uno no cree que haya hecho tantas cosas.

 En cada uno de nosotros existe inconformidad. Eso es lo que te va a llevar a estar en la búsqueda del camino.

(fotografía de eltiempo.com)

Mientras pasa la vida

•3 junio, 2011 • 1 comentario

La vida pasa. Las personas a las que crees invencibles eventualmente dejan de parecértelo cuando descubres que ya no están. El escudo de la infancia se rompe y soñar deja de ser tan fácil como lo era entonces.

Un día te despiertas y descubres que el tiempo pasa y se lleva todo lo que se consigue por delante. Así de simple, pasa. Y es que si algo tiene el condenado es que no se detiene -¿o será que él está detenido y quienes se van somos nosotros?-.

Antes de entrar en dilema convengamos que en el trayecto el cambio es la única constante y el resultado son historias que muchas veces se pierden con el pasar del señor en cuestión.

A mis ojos, esos que algunos ven color avellana y miel mientras que otros simplemente los ven marrón claro, esos de cualquier John Doe, creo fervientemente en que todas esas historias merecen ser contadas.

Mediante ellos y su forma de ver traigo La vida crónica: historias extraordinarias de gente normal. Sueños que se mantienen a pesar de que la infancia pasó. Recuerdos, míos y tuyos.

Esta mi propuesta para sentarnos -sólo un momento- y apreciar los colores y la ausencia de ellos mientras la vida pasa.

(fotografía por Enrique Bejarano)